TEORÍA DE LA VRDAD Y ÉTICA DEL DISCURSO
VERDAD Y RESPONSABILIDAD
Karl-Otto Apel
De acuerdo con la introducción que realizó la autora Adela Cortina, señala algunas diferencias entre la posición de Habermas y Karl-Otto Apel, principalmente, destacando el carácter eminentemente filosófico de éste último, en el siguiente sentido:
La teoría consensual de la verdad: defiende una teoría de la evidencia de correspondencia como parte indispensable de una teoría de la verdad, de modo que se logre una medición entre la evidencia referida a la conciencia y la intersubjetividad referida al lenguaje.
La pragmática trascendental: señala la diferencia de método, de tipo de enunciados y de modo de comprobación entre la filosofía y las ciencias que, precisamente por ser diferentes pueden colaborar.
Así mismo, la pragmática formal: mantiene que el procedimiento de comprobación es la contradicción performativa y su aplicación conduce a una fundamentación filosófica última, en la medida en que los presupuestos pragmáticos trascendentales de la argumentación son irrebasables, aunque autocorregibles.
La ética discursiva: se pronuncia por la argumentación en torno a la posibilidad de fundamentación de lo moral e incide en la necesidad de trabajar dos dimensiones como constitutivas de la ética: fundamentación y aplicación.
Menciona que la hermenéutica de Apel sitúa en el centro de la reflexión, la fundamentación, universalismo, criterios y argumentación como medio para la salvación del totalitarismo y de dogmatismo de lo irracional “que Auswitz no se repita”.
En pugna con el neopositivismo, bosqueja Apel su antropología del conocimiento, que desvela las estructuras antropológicas que hacen posible el ejercicio complementario de la razón dialógica y la emancipación mediante sus pretensiones de verdad y libertad en la historia.
Se presentan dos trabajos de Apel:
El primero referido a la cuestión de la verdad y a la construcción de una pragmática trascendental Falibilismo, “teoría consensual de la verdad y fundamentación última”: señala que el hecho de que algo sea criticable no significa que sea falibe. Muestra reflexión trascendental cómo la relación entre sujeto y objeto no se produce sin una relación entre sujetos que deben entenderse, es decir, sin una relación hermenéutica ni sin una relación ética entre ellos, urgida por un principio ético. Tiene, al igual que Habermas, por interlocutores a todos los seres dotados de competencia comunicativa, porque piensa, con toda razón, que con cualquiera de ellos es posible un entendimiento.
El segundo, expresivo del quehacer ético del autor, “una ética dialógica de la responsabilidad”: refiere que todos los seres capaces de comunicación lingüística deben ser reconocidos como personas puesto que en todas sus acciones y expresiones son interlocutores virtuales, y la justificación ilimitada del pensamiento no puede renunciar a ningún interlocutor y a ninguna de sus aportaciones a la discusión.
La ética apeliana reconoce a todo ser dotado de competencia comunicativa como inserto en dos comunidades: una real y una ideal, es decir, todos los integrantes deberán llegar a una conclusión que sea acorde con los propios fines e intereses de esos sujeto que conforman la comunidad, lo cual en realidad es un utopismo.
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